La desinformación puede definirse como una forma de manipulación informativa intencional orientada a influir en la percepción, las actitudes y el comportamiento de una audiencia. Su rasgo distintivo no reside únicamente en la falsedad del contenido, sino en su finalidad estratégica : alterar la interpretación de la realidad y condicionar los procesos de decisión. En este sentido, debe entenderse no solo como un conjunto de mensajes, sino como un proceso de influencia inscrito en el dominio cognitivo, esto es, en el espacio donde se configuran creencias, juicios y respuestas individuales y colectivas.
En este marco, una campaña de desinformación suele activarse sobre un contexto de vulnerabilidad previo, a partir del cual se construyen narrativas, se adaptan mensajes a audiencias concretas y se articulan mecanismos de difusión y de amplificación. Su propósito es generar efectos cognitivos y conductuales que pueden traducirse en confusión, polarización, erosión de la confianza, fatiga informativa o desmovilización. Así, la desinformación no constituye un fenómeno aislado ni un mero episodio de manipulación puntual, sino una táctica insertada en estrategias de influencia más amplias, sostenidas y adaptativas.

En el caso de la Federación de Rusia, la desinformación se integra en la lógica de la confrontación informacional, que concibe el espacio informativo como un ámbito permanente de competencia y conflicto. Desde esta perspectiva, la información funciona simultáneamente como recurso, arma y objetivo. En el plano interno, esta lógica se orienta al refuerzo de la estabilidad del régimen y al control del relato político y social; en el plano externo, persigue erosionar la cohesión del adversario, amplificar sus fracturas internas y dificultar respuestas coordinadas en los niveles político, institucional y social.
Uno de los rasgos más relevantes de este modelo es la integración entre ciberoperaciones y operaciones cognitivas. El hack-and-leak constituye un ejemplo paradigmático de esta convergencia, en la medida en que la intrusión técnica permite obtener información que posteriormente es seleccionada, encuadrada y difundida con fines de influencia. El valor estratégico no reside, por tanto, únicamente en el acceso o en la exfiltración, sino en la capacidad de transformar el material obtenido en un artefacto narrativo y político. De forma recíproca, la desinformación también puede favorecer la acción técnica al generar ruido, dificultar la atribución y degradar la capacidad de respuesta del actor afectado.

Este modelo se materializa a través de un ecosistema estatal e híbrido en el que confluyen servicios de inteligencia, capacidades militares, grupos APT [1] y actores interpuestos. En su núcleo destacan organismos como el GRU, el SVR y el FSB, que articulan diversas dimensiones de la proyección informacional y cibernética rusa. En torno a ellos operan grupos asociados a actividades alineadas con los intereses del Estado ruso, como son APT28, APT29, Sandworm, Turla o Gamaredon. Su actividad no se limita al espionaje o al sabotaje técnico, sino que pueden integrarse en campañas de influencia mediante robo de información, filtraciones selectivas, compromiso de cuentas, manipulación de contenidos o acciones de elevado valor simbólico y comunicativo.
Junto a este núcleo estatal, opera una constelación de proxies, colectivos afines y actores periféricos que amplían el alcance de las operaciones y contribuyen a diluir la atribución directa. Esta arquitectura permite combinar una orientación estratégica centralizada con formas de ejecución flexibles, escalables y difícilmente atribuibles de manera inmediata, integrando canales oficiales, redes de amplificación y actores formalmente externos al aparato estatal. En consecuencia, la desinformación, las ciberoperaciones y las campañas de influencia no deben analizarse como fenómenos autónomos o aislados, sino como componentes interdependientes de una misma arquitectura operativa orientada a producir efectos cognitivos, políticos y estratégicos.

Como conclusión, la desinformación rusa no puede reducirse a la simple difusión de contenidos falsos o engañosos. Debe entenderse como una herramienta inscrita en una concepción más amplia del conflicto, en la que el espacio informativo se configura como un campo de confrontación permanente. Sus efectos buscados abarcan desde la erosión de la confianza y la polarización social hasta el condicionamiento de decisiones institucionales y geopolíticas. Precisamente, la articulación entre servicios estatales, grupos APT y actores interpuestos es lo que refuerza su capacidad de operar de forma persistente, adaptable y asimétrica en el marco de la competencia propia de la zona gris.
Ángel Veloy
Ingeniero informático por Universidad de Alcalá de Henares, postgraduado en ciberseguridad en la Universidad Oberta de Cataluña y postgraduado en ciberinteligencia en el Campus Internacional de Ciberseguridad (certificado por la Universidad Francisco de Vitoria). Es profesional y docente en el ámbito de la ciberseguridad.
[1] APT = Amenaza Persistente y Avanzada es un tipo de ataque prolongado y sofisticado llevado a cabo generalmente por un actor estatal o un grupo criminal que pretende pasar desapercibido.
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